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Al principio veía a Dios como el que me observaba, como un juez que llevaba
cuenta de lo que hacía mal, como para ver si merecía el cielo o el infierno
cuando muriera. Era como un presidente, reconocía su foto cuando la veía, pero
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Cierto día, un joven se situó en el centro de un poblado y proclamó que poseía el corazón más hermoso de toda la comarca. Una gran multitud se congregó a su alrededor y todos admiraron y confirmaron que su corazón era perfecto, pues ...
Jean Giono escribió hace tiempo un magnífico relato sobre un curioso personaje
que conoció en 1913 en un abandonado y desértico rincón de la Provenza. Se
trataba de un pastor de 55 años llamado Elzéard ...
Una noche tuve un sueño... soñé que estaba caminando por la playa con el Señor
y, a través del cielo, pasaban escenas de mi vida. Por cada escena que pasaba
...
Un gran marajá indio no era feliz. Sin embargo, tenía todo lo que un mortal
puede desear, un palacio lujoso, riquezas en abundancia, esclavos a su
disposición, distracciones renovadas incesantemente, mujeres que cambiaba varias
veces por semana. A pesar de eso ...
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En un pueblo lejano, el rey convocó a todos los jóvenes a una audiencia privada con él, en dónde les daría un importante mensaje. Muchos jóvenes asistieron y el rey les dijo: "Os voy a dar ...
Yo, que no tengo ninguna intuición comercial, he dejado volar mi fantasía y he
empezado a soñar que igual era buena idea abrir una tiendilla, aprovechando que
nuestra catedral
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Al principio veía a Dios como el que me observaba, como un juez que llevaba cuenta de lo que hacía mal, como para ver si merecía el cielo o el infierno cuando muriera. Era como un presidente, reconocía su foto cuando la veía, pero realmente no lo conocía.
Pero luego reconocí a mi Poder Superior, parecía como si la vida fuera un viaje en bicicleta, pero era una bici de dos, y noté que Dios viajaba atrás y me ayudaba a pedalear.
No sé cuando sucedió, no me di cuenta cuando fue que El sugirió que cambiáramos lugares, pero mi vida no ha sido la misma desde entonces... mi vida con Dios es muy emocionante.
Cuando yo tenía el control, yo sabía a donde iba. Era un tanto aburrido pero predecible. Era la distancia más corta entre dos puntos. Pero cuando El tomó el liderazgo, El conocía otros caminos, caminos diferentes, hermosos, por las montañas, a través de lugares con paisajes, velocidades increíbles. Lo único que podía hacer era sostenerme, aunque pareciera una locura El solo me decía Pedalea!!.
Me preocupaba y ansiosamente le preguntaba, "A donde me llevas?" El solo sonreía y no me contestaba, así que comencé a confiar en El.
Me olvidé de mi aburrida vida y comencé una aventura, y cuando yo decía "estoy asustada", El se inclinaba un poco para atrás y tocaba mi mano.
El me llevó a conocer gente con dones, dones de sanidad y aceptación, de gozo. Ellos me dieron esos dones para llevarlos en mi viaje. Nuestro viaje, de Dios y mío.
Y allá íbamos otra vez. El me dijo "Comparte estos dones, dalos a la gente, son sobrepeso, mucho peso extra." Y así lo hice, a la gente que conocimos, encontré que en el dar yo recibía y mi carga era ligera.
No confié mucho en El al principio, en darle control de mi vida. Pensé que la echaría a perder, pero El conocía cosas que yo no acerca de andar en bici, secretos.
El sabía como doblar para dar vueltas cerradas, brincar para librar obstáculos llenos de piedras, inclusive volar para evitar horribles caminos.
Y ahora estoy aprendiendo a callar y pedalear por los más extraños lugares, y estoy aprendiendo a disfrutar de la vista y de la suave brisa en mi cara y sobre todo de la increíble y deliciosa compañía de mi Dios.
Y cuando estoy seguro de que ya no puedo más, El solo sonríe y me dice "PEDALEA!!"
Tomado de la revista de poesía y música religiosa: Trovador
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Cierto día, un joven se situó en el centro de un poblado y proclamó que poseía
el corazón más hermoso de toda la comarca.
Una gran multitud se congregó a su alrededor y todos admiraron y confirmaron
que su corazón era perfecto, pues no se observaban en él ni máculas ni rasguños.
Sí, coincidieron todos que era el corazón más hermoso que hubieran visto.
Al verse admirado, el joven se sintió más orgulloso aún, y con mayor fervor
aseguró poseer el corazón más hermoso de todo el vasto lugar.
De pronto un anciano se acercó y dijo: "Por qué dices eso, si tu corazón no
es ni tan, aproximadamente, tan hermoso como el mío?"
Sorprendidos, la multitud y el joven miraron el corazón del viejo y vieron
que, si bien latía vigorosamente, estaba cubierto de cicatrices y hasta había
zonas donde faltaban trozos que habían sido reemplazados por otros que no
encastraban perfectamente en su sitio, pues se notaban bordes y aristas
irregulares en su derredor. Incluso había lugares con huecos, donde faltaban
trozos bastante considerables.
La mirada de la gente se sobrecogió ¿Cómo puede él decir que su corazón es
más hermoso?, pensaron ...
El joven contempló el corazón del anciano y al ver su estado desgarbado, se
echó a reír. "Debes estar bromeando," dijo. Compara tu corazón con el mío... El
mío es perfecto. En cambio el tuyo es un conjunto de cicatrices y dolor."
"Es cierto, dijo el anciano, tu corazón luce perfecto, pero yo jamás me
comprometería contigo... Mira, cada cicatriz representa una persona a la que
entregué todo mi amor. Fui arrancando trozos de mi corazón para entregárselos a
cada uno de los que he ido amando. Muchos a su vez, me han obsequiado un trozo
del suyo, que he colocado en el lugar que quedó abierto. Como las piezas no eran
iguales, quedaron los bordes, de los cuales me alegro, pues me recuerdan el amor
que hemos compartido."
"Hubo ocasiones en las que entregué un trozo de mi corazón a alguien, pero esa
persona no me correspondió con una parte del suyo. Por eso quedaron los
huecos. Dar amor es arriesgar. Pero a pesar del dolor que esas heridas
abiertas me producen, yo los sigo amando y mantienen vida la esperanza de que
algún día -tal vez- regresen y llenen el vacío que han dejado en mi corazón."
"¿Comprendes ahora lo que es verdaderamente hermoso?"
El joven permaneció en silencio. Se acercó al anciano, arrancó un trozo de su
hermoso y joven corazón y se lo ofreció.
El anciano lo recibió y lo colocó en el suyo, A su vez arrancó un trozo del
suyo, ya viejo y maltrecho, y con él tapó la herida abierta del joven. La pieza
se amoldó, pero no a la perfección. Al no haber sido idénticos los trozos, se
notaban los bordes.
El joven miró su corazón que ya no era perfecto, pero lucía mucho más hermoso
que antes, porque el amor del anciano latía en su interior.
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El hombre que plantaba árboles
Jean Giono escribió hace tiempo un magnífico relato sobre un curioso personaje
que conoció en 1913 en un abandonado y desértico rincón de la Provenza. Se
trataba de un pastor de 55 años llamado Elzéard Bouffier. Vivía en un lugar
donde toda la tierra aparecía estéril y reseca. A su alrededor se extendía un
paraje desolado donde vivían algunas familias bajo un riguroso clima, en medio
de la pobreza y de los conflictos provocados por el continuo deseo de escapar de
allí.
Aquel hombre se había propuesto regenerar aquella tierra yerma. Y quería
hacerlo por un sistema sencillo y a la vez sorprendente: plantar árboles, todos
los que pudiera. Había sembrado ya 100.000, de los que habían germinado unos
20.000. De esos, esperaba perder la mitad a causa de los roedores y el mal
clima, pero aún así quedarían 10.000 robles donde antes no había nada.
Diez años después de aquel primer encuentro, aquellos robles eran más altos
que un hombre y formaban un bosque de once kilómetros de largo por tres de
ancho. Aquel perseverante y concienzudo pastor había proseguido su plan con
otras especies vegetales, y así lo confirmaban las hayas, que se encontraban
esparcidas tan lejos como la vista podía abarcar. También había plantado
abedules en todos los valles donde encontró suficiente humedad. La
transformación había sido tan gradual, que había llegado a ser parte del
conjunto sin provocar mayor asombro. Algunos cazadores que subían hasta aquel
lugar lo habían notado, pero lo atribuían a algún capricho de la naturaleza.
En 1935, las lomas estaban cubiertas con árboles de más de siete metros de
altura. Cuando aquel hombre falleció, en 1947, había vivido 89 años y realmente
esos parajes habían cambiado mucho. Todo era distinto, incluso el aire. En vez
de los vientos secos y ásperos, soplaba una suave brisa cargada de aromas del
bosque. Se habían restaurado las casas. Había matrimonios jóvenes. Aquel lugar
se había convertido en un sitio donde era agradable vivir. En las faldas de las
montañas había campos de cebada y centeno. Al fondo del angosto valle, las
praderas comenzaban a reverdecer. En lugar de las ruinas ahora se extendían
campos esmeradamente cuidados. La gente de las tierras bajas, donde el suelo es
caro, se había instalado allí, trayendo juventud, movimiento y espíritu de
aventura.
"Cuando pienso –concluía el escritor francés– que un hombre solo, armado
únicamente con sus recursos físicos y espirituales, fue capaz de hacer brotar
esta tierra de Canáan en el desierto, me convenzo de que, a pesar de todo, la
humanidad es admirable; y cuando valoro la inagotable grandeza de espíritu y la
benevolente tenacidad que implicó obtener este resultado, me lleno de inmenso
respeto hacia ese campesino viejo e iletrado, que fue capaz de realizar un
trabajo digno de Dios".
Un hombre planta árboles y toda una región cambia. Todos conocemos personas
como este hombre, que pasan inadvertidas pero que allá donde están, las cosas
tienden a mejorar. Su presencia infunde optimismo y ganas de trabajar. Se
sobreponen a contratiempos y dificultades que a otros los desalientan. Poseen
una rebeldía constructiva, y sus pequeños o grandes esfuerzos hacen rectificar
el rumbo de las vidas de los hombres.
Como ha escrito Alejandro Llano, hay cosas que no tienen arreglo, y nos
cuesta aceptarlas. Y hay otras que sí que tienen arreglo, pero nos hemos
convencido de que no lo tienen. Por eso, una de las razones por las que nos
cuesta tanto cambiar las cosas que no van bien es porque creemos que no podemos
cambiarlas.
Es preciso tener fe en que el hombre puede transformarse y cambiar, tanto
él mismo como el entorno que le rodea. Cada uno debe sembrar con constancia
lo que él pueda aportar: su buen humor, su paciencia, su laboriosidad, su
capacidad de escuchar y de querer. Podrá parecer poca cosa, pero son elementos
que acaban por hacer fértiles los terrenos más áridos
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Una noche tuve un sueño...
soñé que estaba caminando por la playa con el Señor y, a través del cielo,
pasaban escenas de mi vida.
Por cada escena que pasaba, percibí que quedaban dos pares de pisadas en la
arena: unas eran las mías y las otras del Señor.
Cuando la última escena pasó delante nuestro, miré hacia atrás, hacia las
pisadas en la arena y noté que muchas veces en el camino de mi vida quedaban
sólo un par de pisadas en la arena.
Noté también que eso sucedía en los momentos más difíciles de mi vida. Eso
realmente me perturbó y pregunté entonces al Señor: "Señor, Tu me dijiste,
cuando resolví seguirte, que andarías conmigo, a lo largo del camino, pero
durante los peores momentos de mi vida, había en la arena sólo un par de
pisadas.
No comprendo porque Tu me dejaste en las horas en que yo más te necesitaba".
Entonces, Él, clavando en mi su mirada infinita me contestó: "Mi querido hijo. Yo te he amado y jamás te abandonaría en los momentos más difíciles.
Cuando viste en la arena sólo un par de pisadas fue justamente allí donde te cargué en mis brazos".
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Un gran marajá indio no era feliz. Sin embargo, tenía todo lo que un mortal puede desear, un palacio lujoso, riquezas en abundancia, esclavos a su disposición, distracciones renovadas incesantemente, mujeres que cambiaba varias veces por semana. A pesar de eso, no era feliz. Un día, fue en busca de su gran visir, y le preguntó qué debía hacer para ser feliz.
- Nadie es feliz, le respondió el hombre.
Insatisfecho, el marajá planteaba su problema a todos los que encontraba. Un sabio aceptó comprometerse y le dio su receta de la felicidad: "Tenéis que poneros la camisa de un hombre feliz, y llegaréis a serlo". Inmediatamente, el marajá envió a sus embajadores por todo su reino con la misión de encontrar al hombre feliz y llevarle su camisa.
Los enviados partieron hacia los cuatro puntos cardinales del reino e interrogaron a las gentes.
Por todas partes la misma respuesta:
- No, no soy feliz
- No tengo mas que un pedazo de tierra y no puedo alimentar a mi familia.
- No estoy bien en mi pellejo; no estoy de acuerdo conmigo mismo.
- Estoy terriblemente fastidiado, etc.
Ricos y pobres, hombres y mujeres, adultos y niños, nadie era feliz.
Los legados estaban a punto de desesperarse cuando, un día, uno de ellos descubrió, en el fondo de un macizo montañoso, una cueva en la que vivían unos "yoguis". Habían abandonado el mundo para dedicarse a las realidades divinas. No poseían nada y se alimentaban con un grano de arroz por día. Al primero a quien se acercó, el enviado le hizo la pregunta:
- ¿Eres feliz?
- ¿Yo? Completamente feliz, contestó.
- Entonces, dame tu camisa al momento.
Unos instantes, el sabio fijó sobre el rostro del interlocutor su mirada profunda y transparente. Después dijo, con un gesto que indicaba una evidencia:
- Muy gustoso te daría mi camisa. Pero ya hace tiempo que no la tengo
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Había una vez una planta muy joven en
la que se ponían grandes esperanzas. Tenía exactamente cuatro hojas. Cuatro
bonitas hojas, resplandecientes al rocío y al sol.
Un día las cuatro hojas tuvieron una reunión.
Una dijo que su vocación clara consistía en permanecer unida al
naciente arbolito, pero que en lo sucesivo había decidido prescindir del agua.
Cuestión de proyecto personal: “Que sus compañeras estudiasen el asunto y una
vez entendido respetaran su libertad”.
Las otras tres hojas estaban repletas de buenas disposiciones y decidieron
aceptar lo que su compañera les pedía.
Se instaló un ingenioso sistema de paraguas: con el buen tiempo el paraguas se
cerraba y se abría en cuanto amenazaba lluvia.
Y he aquí que el arbolito tan prometedor dio signos de languidez y murió.
Cada hoja fue llevada por el viento a un sitio distinto.
¿Qué se podía haber hecho?
¿Pedir a la hoja que no quería agua que se marchara a otro sitio? ¿Llegar a un
compromiso?
Hay grupos en que para respetar la libertad de uno, no se respeta a los otros.
Y, finalmente, termina muerto todo el grupo.
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En un pueblo lejano, el rey convocó a todos los jóvenes a una audiencia privada con él, en dónde les daría un importante mensaje.
Muchos jóvenes asistieron y el rey les dijo: "Os voy a dar una semilla diferente a cada uno de vosotros, al cabo de 6 meses deberán traerme en una maceta la planta que haya crecido, y el que tenga la planta más bella ganará la mano de mi hija, y por ende el reino".
Así se hizo, pero un joven plantó su semilla y ésta no germinaba; mientras tanto, todos los demás jóvenes del reino no paraban de hablar y mostrar las hermosas plantas y flores que habían sembrado en sus macetas.
Llegaron los seis meses y todos los jóvenes desfilaban hacia el castillo con hermosísimas y exóticas plantas. El joven estaba demasiado triste pues su semilla nunca germinó, ni siquiera quería ir al palacio, pero razonó que debía ir, pues era un participante y debía estar allí.
Con la cabeza baja y muy avergonzado, se condujo hacia el palacio, con su maceta vacía. Todos los jóvenes hablaban de sus plantas, y al ver a nuestro amigo soltaron en risa y burla; en ese momento el alboroto fue interrumpido por el ingreso del rey, todos hicieron su respectiva reverencia mientras el rey se paseaba entre todas las macetas admirando las plantas.
Finalizada la inspección hizo llamar a su hija, y llamó de entre todos al joven que llevó su maceta vacía; atónitos, todos esperaban la explicación de aquella acción.
El rey dijo entonces: "Este es el nuevo heredero del trono y se casará con mi hija, pues a todos se les dio una semilla infértil, y todos trataron de engañarme plantando otras plantas; pero este joven tuvo el valor de presentarse y mostrar su maceta vacía, siendo sincero, real y valiente, cualidades que un futuro rey debe tener y que mi hija merece".
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ME HE PUESTO A
SOÑAR
Yo, que no tengo ninguna intuición comercial, he dejado volar mi fantasía y
he empezado a soñar que igual era buena idea abrir una tiendilla, aprovechando
que nuestra catedral es muy visitada, para vender y regalar cosas de Dios. No
sería la típica tienda que se encuentra uno en el casco viejo de las ciudades,
donde venden rosarios mil, imágenes de todos los modelos y fervores diversos.
Tampoco los dependientes se parecerían a los predicadores americanos que te
venden a Dios como si fuera el coche fantástico, no. Si yo fuera la directora de
la tienda, buscaría a creativos, innovadores, gente alegre y que tuviera a Dios
enganchado a sus venas y nos sentaríamos a pensar cómo puede uno "vender la
moto" a la gente, sabiendo que tenemos el "mejor producto de la historia", la
super receta de felicidad, el mejor seguro, el gran acompañamiento, la mega
plenitud...
Ni sé cuántos calificativos le adjudicaría a nuestra fe, a esa presencia que nos
recorre por los adentros y nos vuelve la vida de colores y nos descansa y nos
sosiega de todos los vaivenes de la vida.
¡UNA TIENDA DE DIOS!
Está claro que no lo sé explicar, porque lo de mi tienda es sólo un loco
proyecto. Cuando una firma quiere inventar algo reúne a un grupo heterogéneo en
el que suelen coincidir listos y retrasados, para compensar lo que uno sabe con
lo que otro se atreve a crear. También lo forman jóvenes y viejos, niños y
adultos, para equilibrar la sensatez con el atrevimiento, la sabiduría con el
juego. Eligen técnicos y artesanos, intelectuales y gente de a pie, para
traspasarse vivencias y conocimientos.
Es importante que a mi grupo de creativos acudieran sanos y enfermos,
deportistas e inválidos, gente sola y mal amada, tanto como personas con una
bonita historia de amor y de familia.
No podrían faltar los místicos y los cachondos, los comunicadores y los de
profunda vida interior. Bueno, quizás algún teólogo no estaría de más, pero con
cuidado, que enseguida se suben a las nubes y en mi tienda se trata de acercar
mucho, mucho a Dios, de experimentarlo y contagiarlo. No sé, pero sin ánimo de
molestar... quizás preferiría que fuera una teóloga, para que así
intelectualizara un poco menos las cosas de Dios y del querer, que son siempre
las mismas.
Así, toda esta gente, juntando sus carencias y sapiencias, sus gozos de
vivir y sus dificultades, inventarían la mejor forma de ofrecer a Dios a todo el
que se acercara a la tienda, aunque no entrara dentro, sino que sólo con
asomarse ya se "contagiara un poco del amor de Dios. Quizás hasta se podría
poner una especie de mimo o titiritero en la puerta que atrajera a la gente; que
con su gesto fuera serenando al personal, alegrándole el corazón, invitándole a
coger un panfletillo de propaganda, o cualquier otro objeto de mínimo valor que
le motivara para una reflexión rápida o simplemente a darse cuenta de que a Dios
lo llevamos puesto, camina a nuestro lado y nos impulsa a la Buena Vida.
La propaganda sería sencilla pero, como se dice hoy "muy fuerte", con pocas
palabras y mucha fuerza de comunicación. Para ello trabajaría mi equipo de
publicidad, que sería de lo mejorcito del país, que ya sabemos que en España
somos fantásticos en temas publicitarios).
¡¡¡ABIERTA LAS 24 HORAS!!!
Una sección sería una especie de biblioteca, abierta las 24 horas, donde
cualquiera podría sentarse a leer, ver un video o escuchar música. El Evangelio
estaría accesible para todos los lenguajes, en alegres cuentos, en braille, en
cintas para sordos, en película, en CD, condensado o adaptado, todo según la
necesidad y características del consumidor. Habría una zona de jugar, otra para
achucharse, meditar u orar en soledad.
También habría un rincón con una máquina expendedora de café, zumo y
aperitivos, en la que uno podría tomarse lo que quisiera y pagar lo suyo y dejar
pagado para invitar al siguiente o dejarse invitar, si su economía estuviese
achuchada. En la zona de niños todos se podrían revolcar como en las piscinas de
bolas, pero para sentir el abandono en Dios. Estaría especialmente cuidada esta
parcela infantil, por buenos pedagogos, pues ya sabemos lo importante que es
conocer bien a Dios en esta edad y que no te metan en la cabeza rollos, que
luego arrastras toda la vida, y cuesta mucho sanar.
Una parte importante de mi tienda estaría destinada al intercambio de todo
tipo de libros, músicas, textos o ¡deas que a cada uno le han ido bien para
disfrutar más a Dios, de forma que siempre hubiera un ir y venir, un trasiego y
compartir de todo lo espiritual que descubriéramos.
También podría haber un rincón interactivo en el que se personalizaran
situaciones como las bienaventuranzas, la samaritana, la multiplicación de los
panes, algún salmo o cualquier otro pasaje evangélico o bíblico, para facilitar
la vivencia del estilo de vida del reino. Quizás se regalara, como propaganda
del lugar, un kit de oración, un taburetillo plegable, unos micro-evangelios,
tipo mini-teléfono móvil, en el que apareciera en pantalla la lectura del día,
al pulsar la fecha. Además, acompañarían a todo esto, unos auriculares, menores
que los de la Renfe, con los que poder oír música o escuchar el silencio
interior, cuando uno está en pleno ruido. A la entrada habría un gran Libro de
Visitas, en el que firmara todo aquel que hubiera disfrutado de estar en la
tienda y le hubiese servido para algo; también se agradecerían mucho las
sugerencias, para estar en continua actualización.
Hasta la próxima locura, ahí va un abrazo.
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