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Nacimiento y primeros años
A las puertas del siglo XIX en Cervera, Lleida, España, nació Ana María, el 18 de diciembre de 1800. Hija de José Janer y Magina Anglarill.
Tenían una desahogada situación económica y otra riqueza superior: la fe y las virtudes sociales, el afecto mutuo, el interés de los unos por los otros y gran laboriosidad y alegría. Aquel hogar era una "pequeña Iglesia".
La vivencia de la fe en la familia, la formación religiosa en el colegio, su
pertenencia a pías asociaciones, contribuyeron a perfilar la vocación de Ana
María Janer de consagrarse a Dios y servirlo en la persona de los hermanos
enfermos, niños, pobres.
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Vocación
El 25 de enero de 1819 entraba Ana María con profundo gozo y el de sus padres y
sin la oposición de nadie, en el Hospital de Cervera, llamado Castelltort. Ésta
será su casa religiosa, su hogar.
No era un convento, era la casa de los enfermos y de los pobres. Era una familia, una hermandad que, a la consagración añadía un verdadero compromiso de servicio a la sociedad civil como elemento esencial de su vocación.
Ana María se consagró a Dios el 3 de mayo de 1820.
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Hermana
de la caridad
Ana María profesó, se consagró a Dios, el 3 de mayo de 1820. La comunidad demostró comprender
y valorar a la joven religiosa. La eligieron para Maestra de las Novicias a los veintidós años,
y a los treinta, para Superiora. La reeligieron en los años sucesivos.
Enunciamos brevemente algunos de los acontecimientos de esos años: la fiebre amarilla (1821), los frecuentes saqueos, incendios -incluido el propio Hospital- otras epidemias de tifus y viruela, dificultades de las leyes secularizantes, el cólera (1833-1834).
La primera guerra carlista convirtió a Cervera en un importante centro de acción militar. Las salas del Hospital estaban llenas de heridos liberales y las Hermanas los atendían y cuidaban con toda dedicación.
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Comienza la guerra
La primera guerra carlista convirtió a Cervera en un importante centro de acción militar.
Las salas del Hospital estaban llenas de heridos liberales y las Hermanas los atendían y
cuidaban con toda dedicación.
Todo esto vivió Ana María, en buena parte, como responsable del grupo,
siempre con los ojos abiertos y el corazón atento para acudir a cualquier necesidad del pueblo, secundada por las Hermanas que en torno suyo formaban un bloque unido, fraterno y solidario.
Una nueva situación política trae un nuevo gobierno al Hospital. Las Hermanas son despedidas y se les impide vivir en comunidad. El pequeño grupo parecía destinado a desaparecer. Pero ellas se propusieron salvar su vocación.
Ana María, urgida por su vocación, quiso seguir ayudando, haciendo el bien. Durante el curso 1836-1837 dio clases en el Colegio de Educandas, sin dejar de velar por las Hermanas dispersas de quienes ella era responsable, en su calidad de Superiora.
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Al servicio de todos. Caridad solidaria
Seguía la revolución y la guerra civil entre carlistas y liberales. Aumentaban el temor y la inseguridad.
Fue
perseguida. Consiguió huir y llegar a Solsona.
Había allí innumerables heridos traídos con grandes dificultades de las
recientes batallas. Don Carlos de Borbón, personalmente, propuso a la Madre
Janer si quería hacerse cargo de la organización y asistencia de sus hospitales
de campaña: Solsona, Berga, la Vall d’Ora.
Amiga del diálogo y respetuosa de la libertad de opción de las Hermanas habló con ellas antes de dar su respuesta. Conjuntamente decidieron aceptar la propuesta. Durante tres años pusieron su dedicación caritativa al servicio de los heridos, sin que nunca las molestaran. Soldados de uno y otro bando les demostraron estima, respeto, admiración y gratitud.
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Exilio y regreso
Las Hermanas toman el camino del exilio: Toulouse (Francia).
Acogidas como hermanas residieron cuatro años en el Gran Hospital de Saint Joseph de La Grave,
dirigido por las Hermanas Paúlas.
La Madre Janer y sus compañeras estuvieron, como siempre, al servicio de todos.
Había más de mil enfermos de toda clase, adultos, niños y jóvenes.
Atenta, a los hechos, a los hombres y a los signos de los tiempos, Ana María tomó nota de la creatividad de la Iglesia en Francia y en 1844 regresó al Hospital de Castelltort de Cervera enriquecida con nuevas experiencias.
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Casa de Misericordia
En febrero del año 1849, la Madre Janer se hizo cargo de la Casa de Misericordia de Cervera,
y allí se dedicó generosamente a la educación y cuidado de niños y jóvenes huérfanos y pobres,
y fue para ellos una madre cariñosa, procurando que no les faltara nunca pan e instrucción y,
sobre todo, el afecto y el cariño
familiar. Los chicos salían con un oficio bien aprendido y las chicas, con
aptitud para llevar bien una casa. Se trataba de formar buenos ciudadanos y
buenos cristianos.
Se despertaba en el país un gran interés por la enseñanza. Era un importante momento de discernimiento comunitario, de reflexión y de decisión. Ana María y sus hermanas estaban convencidas de la necesidad de las escuelas cristianas para promocionar a la mujer y a la familia... Era el carisma que estaba vivo y buscaba el crecimiento y la expansión.
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Antecedentes y fundación
Conocedor de la caridad de madre Janer, el obispo de Urgell, José Caixal Estradé le propuso hacerse
cargo del Hospital de la ciudad. Siempre disponible, aceptará. Ana María viajó hasta allí para ver
las condiciones y circunstancias de la propuesta (Octubre de 1858).
El 29 de junio de 1859 llegó Madre Janer a La Seu d’Urgell, ya para quedarse. La acompañaban
dos jóvenes aspirantes muy decididas. Todos las recibieron con gran regocijo. Sabían que las Hermanas
llegaban para servir.
Ana María presentó al obispo la Regla que había traído de Cervera. La aprobación diocesana del Instituto y de la Regla llevan fecha del 24 de abril de 1860.
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Dinamismo misionero
Los primeros diez años configuran todo un estilo de vida y un proyecto universal y misionero:
Cervera, Oliana, Bellver, Onganyà, Castellciutat, Llívia, Tremp, Sant Andreu, Les Avellanes, Salás.
Se organizaron los estudios y se obtuvieron títulos oficiales de magisterio, necesarios para regir
escuelas públicas. Se dio mucha importancia a la catequesis.
La revolución del año 1868 y los sucesos de los años siguientes obstaculizaron ese dinamismo.
Llegaron horas de dura prueba para la Madre Janer y las Hermanas que vivían en l’Alt Urgell. Por disposición de la Junta Local y de las autoridades correspondientes, el Hospital, algunas escuelas rurales y el noviciado fueron secularizados y las Hermanas despedidas. Se encontraron sin casa, sin trabajo, con recursos escasos, en gran inseguridad, ante un futuro incierto.
Mientras Monseñor Caixal estuvo en La Seu d’Urgell, las animó y ayudó como un padre. Después, sobre la Iglesia diocesana se abatieron toda suerte de desgracias y sufrimientos. Caixal fue la primera víctima expiatoria. Los sacerdotes perseguidos y el culto suprimido. La catedral fue cerrada y convertida en almacén. El prelado tuvo que refugiarse en Andorra. Esto hizo más pesada la cruz de la Madre Janer.
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Años de prueba
A partir de 1874, el Padre Mañanet dirigió el Instituto de la Madre Janer. Tanto en uno como en otra,
latía el deseo de santidad, la búsqueda de Dios y el deseo de servir a la Iglesia.
Pero tenían criterios distintos sobre el estilo de vida y sobre el modo de gobernar.
Brilla nítida y diáfana la virtuosa y serena actitud de la Madre Janer que calla y ora.
Ella no murmura. Lo espera todo de Dios. Confía en la Iglesia y dice: "Esperemos y tengamos paciencia", "Dios tiene muchas maneras de hacer santos".
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Talarn
En el Primer Capítulo general, que se celebró en la casa de Talarn, el 19 de marzo, día de San José,
fue elegida la Madre general. El voto fue unánime para la Madre Janer por un período de 3 años.
Ella humildemente reemprendió la tarea de gobierno, es decir de servicio, ayuda y promoción.
Como le era habitual, daba y generaba confianza y sabía estimular la responsabilidad de las
Hermanas, con bondad, sin excluir jamás a nadie.
Abundaron las vocaciones y, sobre todo, el fervor y el interés apostólico por la obra de la educación cristiana. No en vano se había adoptado en el capítulo de Talarn la divisa evangélica: "Dejad que los niños vengan a Mí". En 1883, la Madre Janer queda libre del cargo de Superiora General. Conservaba plena lucidez y se dedicó de manera especial a la oración y al trato con la gente joven que había en la casa de Talarn: novicias y colegialas. Se interesaba por todos. Transmitía fe.
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Hacia la casa del Padre
Ana María pasó bien la última Navidad de la tierra. Compartió las alegrías y
la convivencia de la comunión y asistió a los actos de culto. Mas las fuerzas decaían pero no el espíritu.
Pocos días bastaron para que aquella vida tan plena, tan humana, se extinguiera suavemente,
serenamente -tal como había vivido- el 11 de enero de 1885, rodeada
del afecto de todos, recibido el Viático y la Santa Unción y la anhelada
bendición del Santo Padre León XIII.
Por amor a Jesucristo pidió morir en el suelo. Sus últimas palabras –resumen de toda su vida- fueron: “Fill meu, fill meu, fill meu”. Corazón de madre hasta morir….
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